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PAISAJE Y ASENTAMIENTO ENTRE LOS IBEROS DE LA CUENCA DEL RÍO GUADALQUIVIR (S. VI al III a. n. e.). |
PAISAJE
Y ASENTAMIENTO ENTRE LOS IBEROS DE LA CUENCA DEL RÍO GUADALQUIVIR (S. VI al III
a. n. e.).
Arturo Ruiz y Mª Oliva Rodríguez-Ariza.
1. Introducción:
El paisaje y el asentamiento
El
paisaje no es solo el entorno que enmarca las acciones de los grupos humanos que
habitan un espacio. El concepto de paisaje integra la información del espacio a través
del conocimiento empírico acumulado en el tiempo, es por ello herencia
cultural, caracteriza el espacio apropiado por el grupo del que no lo es, es
decir es posesión histórica, y se proyecta como un referente de identidad y
legitimación del colectivo humano que lo ocupa. En ningún caso el paisaje es
una dimensión exclusivamente económica del territorio, ni tampoco una dimensión
imaginaria frente a la dimensión más material de, por ejemplo, el
asentamiento. En realidad espacialmente el paisaje es una dimensión de
mayor escala que el asentamiento por la capacidad que tiene de introducir
espacios no reconocidos ni valorados por este; pero además el paisaje es un
discurso estratigráfico compuesto en el tiempo por la suma de los efectos del
sistema de relaciones entre la comunidad local y la estatal sobre el territorio
local y desde luego por la historia de la comunidad local misma en su proceso de
relación con la naturaleza
Paisaje y asentamiento son
dos lecturas de una mismo ámbito territorial,
el local, y en ningún caso son independientes, puesto que uno contiene
al otro. En el asentamiento, la información empírica, heredada del paisaje, es
un instrumento-conocimiento con el que el productor interviene en los procesos
de trabajo. En el paisaje las relaciones sociales caracterizan las condiciones
históricas de apropiación de la tierra. El asentamiento contextualiza objetos,
imágenes y practicas, es lógica de coexistencia; paisaje, en cambio, es espacio transferido, lógica de
procesos. La articulación de los
dos, que es la forma real de existencia de ambos
es el Territorio Local.
El asentamiento y el paisaje, en tanto que estructura territorial local configura sus relaciones sociales a partir de dos subestructuras: el Modo de Vida y el Modo de Producción. El Modo de Vida se define por las relaciones que se construyen en el ámbito local para que el grupo establezca su identidad colectiva: es decir por las relaciones de parentesco, que caracterizan la relación temporal del grupo humano que ocupa un asentamiento con su pasado, por las relaciones de vecindad, que hacen referencia a la interrelación espacial del grupo en el marco del paisaje y las relaciones de apropiación de la naturaleza que hacen referencia a la posición del grupo en el proceso de trabajo. Es este último grupo de relaciones el que actúa como articulador y vinculo con las relaciones del Modo de Producción, que se define además por las relaciones de circulación y por las relaciones de propiedad, es decir por las formas de acceso que el grupo establece para el uso de los productos que la sociedad produce u obtiene fuera y dentro de su ámbito de producción. Es a través de esta ultima estructura socio-económica, el modo de producción como se caracterizan y definen las relaciones del territorio local con el territorio político cuando este sobrepasa el espacio local para construir un Territorio Estatal Los dos niveles de relaciones componen un doble plano en el que se configuran grupos sociales en función de su posición en el proceso productivo: burgueses, campesinos, aristócratas…etc. Este marco de relaciones es inseparable en su relación con el territorio local propiamente dicho de las distintas tipologías de grupos sociales por géneros, generaciones, diferentes unidades vecinales, unidades corporativas según los trabajos, etc. (Fig. 1).

Figura 1.Matriz de relación entre Asentamiento-Paisaje
El efecto que
esta compleja relación de relaciones se define en la escala, que ya recogiera
Godelier[1]
al establecer la secuencia de cambios que afecta a la estructura de la
naturaleza tras su relación con la sociedad y que va desde su destrucción, Naturaleza
destruida, conformada por los detritus de su uso, como los basureros, a la Naturaleza prístina, intacta o no contaminada, en un largo camino
que se configura de mas a menos transformada por la Naturaleza Construida, caso de las ciudades, Naturaleza Transformada o campesina y Naturaleza Modificada que si bien no ha sido objeto de transformación
agraria, sin embargo si ha dejado sentir sus efectos a partir de determinados
cambios en el conjunto de las especies que la forman. Así se deduce de la
estructura biológica de los bosques que han recibido el impacto de la acción
humana, bien por su proximidad a la naturaleza modificada o bien
por su uso como ámbito de apropiación en sectores económicos como la
caza o la recolección. Estas cinco formas de Naturaleza que componen la tipología
de la acción del asentamiento sobre la naturaleza se expresan a través de
cuatro campos dialécticos que oponen diferentes formas de oposición de
espacios:
1.
Espacio productivo-improductivo. Se genera entre la naturaleza destruida
y la construida preferentemente, aunque en este último apartado se insertan el
resto de las tipologías de la naturaleza. Se expresa la improductividad en el
abuso de la productividad, que llega a agotar las áreas domesticadas o en los
espacios definidos para almacenar los residuos de la actividad social, como los
basureros.
2.
Espacio urbano-paisaje rural. Se genera esta contradicción entre la
naturaleza construida y la naturaleza modificada. Y se expresa por signos
espaciales construidos como las fortificaciones o la planificación urbanística
frente a espacios, tambien antrópicos, que no rompen con formas reconocidas
tradicionalmente como propias de los paisajes agrarios.
3.
Espacio domesticado-paisaje salvaje. Se produce entre la naturaleza
modificada y la naturaleza transformada, es decir entre el paisaje agrario y el
paisaje depredado. Se expresa en las formas paisajísticas que genera
preferentemente la agricultura como las parcelaciones, pero también se hace
patente en las estructuras hidraúlicas o simplemente los caminos y desde luego
en el lado doméstico se incluye la naturaleza construida del mismo modo que el
lado salvaje de la contradicción abarca la naturaleza prístina.
4.
Espacio político-paisaje mítico. Se desarrolla entre la naturaleza
transformada y la naturaleza prístina. Separa el paisaje del asentamiento, que
es en el que se establecen las relaciones políticas, del paisaje reconocido
como existente pero nunca ocupado, de ahí su valor mítico o sacro. Su definición
es metonímica frente a los discursos metafóricos de los, paisajes domésticos
y en general, políticos. Es la diferencia entre la Silva
y el Saltus en Roma, aunque del lado
político también deben incluirse los paisajes construidos y transformados.
Esta contradicción encierra asimismo la dimensión público-privado, o
colectiva-individualizada, de la propiedad y uso de los espacios.
2. La
contradicción urbano- rural en el paisaje de los iberos del Valle del río
Guadalquivir: La nucleación poblacional.
En la sociedad ibera del valle del río Guadalquivir se produjo una
absoluta concentración de la población en
oppida, un tipo de poblado fortificado, durante el siglo V a. C.. El nuevo y
único tipo de unidad de vecindad fomentó un nuevo código de identidad que se
oponía a las formas de vida aldeana construida históricamente desde el Neolítico
y que habían alcanzado un gran desarrollo durante la Edad del Cobre. De este
modo el asentamiento se convirtió en
la expresión del desarrollo de modelos políticos heroicos de tipo aristocrático
y contribuyó a crear con su modelo de urbanismo ordenado y la arquitectura de
sus espacios cuadrangulares formas de integración del grupo muy efectivas. Se
configuró así no solo como la expresión del poder aristocrático, sino también
como el espacio por excelencia del grupo y el germen de las nuevas formas de
identidad colectiva.
Carandini (CARANDINI, 1994)[2]
ha propuesto llamar a los grandes núcleos urbanos antiguos que no se
corresponden con la ciudad clásica protociudades y ha definido su estructura
interna como la transferencia de las formas orgánicas del campo al ámbito
urbano. De este modo vicus, pagos y
tribus tienen su correspondencia en las estructuras espaciales urbanas como
barrios, manzanas o calles de los núcleos. La recomposición del modelo citado
en el seno del oppidum ibérico
procedió en una doble dirección que tiene expresión arqueológica directa:
1
Disolviendo los espacios de las formas de
parentesco, superiores a la célula familiar, cuando estas existían, a través
del desarrollo de la casa cuadrada, capaz de albergar unidades domesticas
semejante a la familia nuclear, y de la amortización de los espacios colectivos
comunes de consumo doméstico. De hecho cuando estos existieron en el seno del oppidum
tomaron las formas de espacios rituales, como en la casa de los hombres o curia
y siempre tendieron a integrarse en los espacio "privados" del aristócrata.
Espacios en los que además se desarrolló una división de genero muy fuerte.
2
Organizando el espacio de una forma cada vez
mas regularizada, en el que la familia perdió autonomía por las nuevas
formulas que imponía el príncipe. La manzana, el barrio o la calle fue
seguramente equivalente a un vicus en
el campo, pero su ordenación espacial interna en el asentamiento fue muy
diferente. En suma signos urbanos que asumieron en falso formas agrarias,
jerarquías sociales que se disimularon a través de estructuras sociales de carácter
tribal.
3
Creando una identidad local cifrada en la
identificación entre el gentilicio de su unidad de parentesco con la unidad
vecinal del oppidum a través de las
relaciones de clientela. (RUIZ, 1998)[3]
La estrategia empleada consistió en
que los príncipes, al identificar los antepasados del grupo local con los
propios, raptaron los espacios de culto comunales, dispuestos en espacios públicos,
y los integraron en sus espacios domésticos, que a su vez se reconstruyeron y
reordenaron a partir de una división en espacios de genero y de generación.
La transferencia del ámbito aldeano o pagánico a la ciudad comporta sin embargo la elección de formas urbanas que ya no son campesinas como la separación de los espacios de cultivo de la casa familiar, la planimetría urbana ordenada por calles paralelas y perpendiculares que recuerdan el trazado hipodámico como se hace notar en el oppidum ibérico de la Plaza de Armas de Puente Tablas (RUIZ y MOLINOS, 1999)[4] cercano a Jaén, y desde luego en la fortificación que se constituye en un limite material entre el paisaje urbano y el paisaje rural (Fig. 2).

Figura 2. Análisis polínico del C.5 (Exterior fortificación) de Puente Tablas (Jaén). Relación entre polen arbóreo (AP) y Polen no Arbóreo (NAP).
3. La
contradicción doméstico- salvaje en el paisaje de los iberos de la Cuenca del
Guadalquivir: la especialización e intensificación de la producción agraria
En
el ámbito del paisaje transformado y como muestra del paisaje rural la
secuencia polínica definida en el oppidum
de Puente Tablas en Jaén, en el curso alto del Valle del Guadalquivir advierte
del peso creciente que el cultivo de cereales tiene conforme se avanza en la
secuencia temporal hasta alcanzar un primer cenit en el siglo V a. n. e. y un
segundo aún mas alto a fines del siglo III a. n. e. El porcentaje llega a sumar
hasta el 6% del total de plantas (arbóreas y no arbóreas) en una muestra
tomada al exterior de la muralla y sube hasta el 15% en el interior del poblado.[5]
Los estudios carpológicos[6]
avanzan aún más en el grado de especialización que implica la inclinación
cerealista de la fase ibérica, pues advierten que se consuma no solamente su
dominio, sino su especialización con la sustitución definitiva de la cebada
desnuda (Hordeum vulgare nudum) por la
cebada vestida (Hordeum vulgare),
proceso ya iniciados en el paso de la Edad del Cobre a la Edad del Bronce.
Recientemente para la zona se cuenta con los análisis del poblado de la Edad
del Bronce de Peñalosa[7],
en la vertiente norte del Alto Guadalquivir a
una treintena de Km. de Puente Tablas,
en la que se hace patente el predominio de la cebada vestida
y el trigo desnudo ya desde los
inicios de la ocupación del asentamiento no antes del 1500 a. n. e. Buxó[8]
confirma que esta última a partir de la Edad del Bronce se muestra dominante en
el Sudeste de la Península en sitios como Castellón Alto o Fuente Amarga en la
provincia de Granada, al contrario de lo que ocurría en la fase calcolítica
anterior, en sitios como Malagón y Cerro de la Virgen en Granada o Los Millares
en la provincia de Almería. Es de hacer notar que el cambio en la cebada también
apunta al reciproco cambio en el trigo, cuestión que se hace patente en la
sustitución del trigo vestido (Triticum
dicoccum) por el desnudo (Triticum
durum aestivum). Se trata de un cambio mas paulatino que en el caso de la
cebada, pues ni siquiera en la época ibérica es total, sin embargo es
significativo que el trigo desnudo se levanta en porcentajes sobre el vestido,
cuando se alcanza el periodo ibérico, de hecho así se hace notar en las
secuencias carpológicas de la Cuenca del Guadalquivir en puntos tan distantes
como Puente Tablas en Jaén, Fuente Amarga en Galera, Granada, ambos en el Alto
Guadalquivir y Torre de Doña Blanca en el Puerto de Santa Maria en Cádiz, en
el Bajo Guadalquivir. Buxó interpreta que este ajuste en el ámbito productivo,
esta directamente asociado a la especialización del trigo como
producto-alimento humano en detrimento de la cebada, que pasaría a ser alimento
del ganado, opción que inclina la estrategia agraria hacia la cebada vestida.
No ha de olvidarse el consumo del mijo que llega a constituirse en el tercer
cereal y que Buxó asocia al consumo humano.[9]
En
la citada línea de especialización ha de señalarse la presencia en la
producción agrícola de las leguminosas, preferentemente guisante (Pisum
sativum) y habas (Vicia faba var.
minor) aunque también se hace notar la presencia de la lenteja (Lens
culinaris), y particularmente en el valle del Guadalquivir del garbanzo (Cicer
arietinum), que no aparece documentado en otras áreas ibéricas[10].
Los dos productos dominantes eran
ya conocidos en la zona, pues en el poblado de la Edad del Bronce de Peñalosa
eran habas y guisantes las leguminosas mejor representadas en las colecciones
carpológicas y, como en Puente Tablas, aparecían en porcentajes muy inferiores
a los cereales. En opinión de Alonso[11],
aunque no se debe excluir que la escasa presencia de semillas de leguminosas
puede deberse a la ausencia en su manipulación de procesos de carbonización,
su baja representación podría confirmar la falta de estrategias de ciclo
trienal, que posibilitaran con la cosecha de las leguminosas el enriquecimiento
de la tierra con nitrógeno, tal y como es conocido en el mudo campesino; la
investigadora se inclina, aunque no de forma definitiva, por la importancia de
los ciclos cortos o bienales como estrategia agraria dominante entre los iberos
con la producción de cereales, y excepcionalmente de haba o lenteja en otoño.
En todo caso de ser acertada esta interpretación las leguminosas quedarían
relegadas preferentemente a las
zonas de huerto. El lino es el tercer grupo de productos cultivados.
Como
quiera que no se trata de hacer aquí un inventario de todos los productos
agrarios cultivados durante la etapa ibérica, sino sobre todos aquellos que
pueden condicionar la construcción del paisaje no se puede cerrar este apartado
sin citar el creciente papel que alcanzan a partir de la etapa ibérica los
cultivos arbóreos: vid (Vitis vinifera.),
almendro (Prunus amygdalus) y olivo (Olea
europaea) en la estrategia agraria desarrollada por la cultura ibérica.
Los
estudios arqueobotánicos sobre el I milenio a.n.e. aún no son muy numerosos en
la Península Ibérica, aunque los ya existentes comienzan a ofrecernos
información sobre la dinámica de la vegetación en este momento, fuertemente
antropizada. En el sur de la Península Ibérica gracias a análisis antracológicos
de varios yacimientos arqueológico empezamos a vislumbrar como se produjo el
proceso de antropización del medio. El análisis antracológico de Los
Baños de La Malahá (Granada) (fig. 3), que aquí presentamos, tiene una
secuencia desde el Bronce Final a Época Romana. En los niveles del Bronce Final
la vegetación puesta en evidencia por el antracoanálisis nos habla de un medio
donde la vegetación natural es la predominante, con un encinar donde la encina
(Quercus ilex) es la especie mejor
representada junto a una importante presencia (10%) de lentiscos (Pistacia
lentiscus), lo que denota un clima relativamente suave. El sotobosque
aparece bien representado con especies como las leguminosas arbustivas (Leguminosae),
jaras (Cistus sp.), romeros (Rosmarinus
officinalis) y retama (Retama sp.).
Como representante de la ripisilva sólo aparecen los taray (Tamarix
sp.) y un fragmento de sauce (Salix sp.),
indicando que la recogida de leña se realiza en un entorno más o menos
inmediato pues el Arroyo del Salado está un tanto alejado.

Figura 3. Análisis antracológico de Los Baños (La Malahá, Granada)
En el período
Protoibérico hay un fuerte aumento de la presencia de la retamas, acompañado
de una disminución de la presencia de los lentiscos (1%) y la aparición de árboles
cultivados como el almendro y la vid. Esto hace que podamos pensar que en este
momento se produce a la introducción de la arboricultura. Para el cultivo de
especies como las anteriormente citadas, almendro y vid, se realiza una
deforestación de parte del bosque mediterráneo, aunque su transformación sea
aún parcial y permita el desarrollo de la vegetación post-forestal como las
retamas. Es posible que los árboles frutales se siembren en los bordes o límites
del bosque, iniciando en este momento la conquista de estos espacios hasta el
momento no cultivados. La aparición de algunos fragmentos de salados (Atriplex
halimus) indicaría este mismo fenómeno.
En época ibérica
se produce un aumento de la representación de la encina en casi un 10%, lo que
haría pensar de una forma simplista que la vegetación natural se ha
recuperado, pero vemos que las especies de sotobosque mantienen su porcentaje e
incluso disminuyen, llegando las retamas casi a desaparecer, y que aparecen
especies nuevas como los pinos salgareño (Pinus
nigra) y silvestre (Pinus sylvestris),
especies que no tendrían un desarrollo natural en el área cercana al
yacimiento. Este hecho nos induce a pensar que los campos de cultivos nuevos,
que la etapa anterior se habían abierto para el cultivo de árboles frutales,
se han consolidado (aparecen el almendro y la vid con los mismos porcentajes) y
que probablemente la recogida de leña se realice en un área mayor y mas
lejana, lo que permite la introducción de especies supramediterráneas.
En época romana
destaca sobre todo la aparición del olivo (21,38%) y la desaparición casi
total de la presencia de los almendros y vid, indicando que hay una introducción
y reestructuración de los cultivos arbóreos. Hemos recuperado también huesos
de aceituna, indicando que el cultivo del olivo se convierte en un producto
preferencial y transformador del entorno, pues si bien la encina y los pinos
salgareño y silvestre conservan sus porcentajes, desaparecen las especies de
matorral como las jaras y romeros, que serían las que se recogerían más
cerca, y aparecen los belchos (Ephedra sp.),
especie que indica una fuerte antropización. Por tanto, estamos en el momento
en que los campos de cultivo se han asentado perfectamente en el entorno más
inmediato del yacimiento, transformando la vegetación natural y dejando
reducida a áreas marginales.
Este
proceso de como la introducción de la arboricultura y de una agricultura más
intensiva provocan cambios en los entornos de los yacimientos lo hemos
documentado en otros yacimientos del sur penínsular. En Acinipo
(Ronda, Málaga)[12]
la aparición en un momento protohistórico de especies como la higuera (Ficus
carica) y la vid junto con la aparición de una importente cantidad de
cereales, coincide con la disminución del quejigo (Quercus
faginea), especie que ocupaba los fondos de valle, donde el terreno era más
fértil, por lo que son los primeros lugares que se desforestan para la creación
de campo de cultivo nuevos. En época ibérica el proceso sigue siendo el mismo
aunque aparece también los almendros como árboles cultivados.
En el antracoanálisis de Fuente Amarga (Galera, Granada)[13], en una cota superior sobre el nivel del mar, con niveles del Bronce argárico e ibéricos, la antropización del medio es evidente en el segundo momento, ibérico, con una fuerte presencia de leguminosas arbustivas y la presencia de especies cultivadas como la vid y la higuera. En este asentamiento también aparecen especies como los pinos salgareño y silvestre en época ibérica que denotan una recogida de leña a larga distancia en este momento, frente a una recogida más cercana en el periodo argárico, por lo que se confirma que el entorno está muy antropizado (Fig. 4).

4. La
contradicción político-mítico entre los iberos del Valle del río
Guadalquivir: La colonización política o la construcción del territorio político
mas allá del paisaje local
Desde la creación en el valle del Guadalquivir del modelo de
poblamiento concentrado en núcleos en el siglo V a. n. e. hasta el siglo IV a.
n. e., no se reconoce arqueológicamente un solo caso que proyecte el territorio
político del oppidum, mas allá de
los limites supuestamente controlables visualmente por este. El territorio político
parece sometido a los espacios directamente controlados por el oppidum y
que definen la naturaleza construida y transformada. A partir del siglo IV a. n.
e., sin embargo, se desarrollan por primera vez experiencias destinadas a modificar esta lectura restringida
del paisaje y a construir un territorio político que recupere la estructura
geográfica del territorio local que había sido habitual entre las sociedades
campesinas. Cuando apenas comenzaba el siglo IV a. n. e, en Sierra Mágina, en
una de las puertas que abren al valle alto del río Guadalquivir desde las
altiplanicies de Granada, el príncipe del oppidum localizado en Úbeda
la Vieja, levantó un monumento a un héroe.
Lo hizo construir en el punto en que varios arroyos daban forma al río
Jandulilla, en un lugar que en tiempos antiguos fue paisaje de lago entre
encinas y pinos, del que aun quedan restos en el relieve inmediato de las montañas
de Mágina. El príncipe de Ubeda la Vieja o de Salaria, nombre con el que
conocieron la ciudad los romanos, quiso con esta obra dar sus señas de
identidad a la tierra regada por el río y ser señor del camino que hacía
llegar a los demás príncipes del Guadalquivir la vajilla ateniense entre otros
objetos exóticos. No hay que olvidar que en ese momento se generó la necesidad
de abrir vías de comunicación con la costa para dar entrada a productos
manufacturados que fortalecieran los procesos acumulativos de la aristocracia y
la obediencia de sus clientelas, este puede que fuera el caso del río
Jandulilla en la Campiña Oriental de Jaén
Construyó el príncipe el monumento en la ladera de una colina,
junto a un lago, para que fuera visto por quienes tenían que acceder al valle
del río, camino obligado para quienes pretendían alcanzar el valle del
Guadalquivir. El monumento consistió en una gran torre, construida al modo
tradicional, con revoco y talud y embutida en una fortificación, de mampostería
muy cuidada, que como un escenario creaba la falsa imagen de una ciudad. Un
sistema de podio y escaleras permitía ascender al monumento y a los almacenes
que existían al interior de la falsa fortificación, tras atravesar un área
ritual de ofrendas, dispuesta delante de la torre. Y sobre la torre ordeno que
se colocaran las imágenes que narraban la historia del héroe,.
El grupo ha permitido proponer una representación del discurso
narrativo que el príncipe de Úbeda la Vieja quiso mostrar a quienes se
aproximaran a su tierra. No se sabe si
se trataba de él mismo o de alguno de sus antepasados, el caso es que un héroe
se enfrentaba a una fiera salvaje, un lobo, en presencia de sus animales
protectores, leones y grifos, ante un joven, tendido a los pies del lobo, que
pudo ser el adolescente al que el héroe pretendía salvar o incluso un
desdoblamiento del mismo héroe antes de realizar el rito de paso. Mito mediterráneo
de camino que ha de abrirse contra la obscuridad de lo desconocido y de lo
salvaje, mito de colonización de territorios ignotos, que Teseo vivió en Creta
frente al Minotauro, Eutimos, en Temesa, ante un hombre transmutado en lobo o
Herakles en su duodécimo trabajo, en lo que cabe distinguir como la mejor
expresión de esta historia, cuando en la entrada del infierno robó al propio
guardián de su puerta, el perro Cerberos[14].
El discurrir del río Jandulilla desde el monumento hasta el oppidum
de Úbeda la Vieja fue, a partir del siglo IV a. n. e.
y durante cincuenta años, un camino de encuentros con mercaderes para
reforzar el poder político de los aristócratas locales, pero sobre todo fue
prueba de que el poder de los príncipes iberos se extendía por espacios de un saltus, para construir nuevos territorios políticos basados en
principios heroicos. La fuente hídrica común, identifícadora del pago del teórico
territorio local, debió sustituir el papel central para la definición del
territorio que el oppidum pudo haber
tenido en el siglo V a. n. e., cuando aun se hacían fuertes las aristocracias
en el interior del asentamiento. Cuestión que por otra parte no debe sorprender
por cuanto la articulación social no era ajena, como señalo Carandini y ya se
destacó en otro lugar de este trabajo, a factores agrarios para ordenarse
internamente. De algún modo la formula aldeana del pago pudo sustituir la visión
urbana del campo, tal y como años después confirmaron las centuriaciones
romanas. Ahora bien la definición de un territorio como el propuesto para el río
Jandulilla contó con un programa de legitimación que se hizo palpable en la
presencia del santuario heroico en el mismísimo nacimiento del río, lo que
demuestra que el proceso colonizador de expansión del territorio local no fue
ajeno al peso cada vez mayor que cobraba el papel de lo político y lo urbano en
la definición del espacio del grupo. La ampliación de la escala del territorio
político a un territorio local superior al del asentamiento, confirmaría el
grado mayor de presión que ejercieron los procesos de legitimación nacidos de
las relaciones de hegemonía, y no tanto desde el modo de vida, para fundamentar
la identidad del grupo social con los nuevos territorios. Desde esta perspectiva
la selección del río, un elemento más agrario que urbano, para definir el
territorio político facilitó con su mayor amplitud, la presencia cada vez
mayor de fórmulas de legitimación política y menos de identidad primaria. En
suma las nuevas relaciones eran todas importadas a causa del despoblamiento de
la zona a controlar y el modo de vida construido se basó en relaciones de
parentesco secundarias o gentilicias como confirma la presencia del héroe en el
monumento; en relaciones de vecindad construidas a partir del modelo de mayor
escala conocido en el nuevo sistema de relaciones aristocráticas: el oppidum,
que se convirtió en unidad de colonización. Por último en relaciones de
apropiación económica de tipo campesino para las zonas no ocupadas y que
fueran tierras fértiles o de
comunicación siguiendo el itinerario marcado por las aguas del río, pues aun
cuando este atravesara zonas boscosas y salvajes, estas debían ser civilizadas
para su uso como ruta de entrada de productos exóticos para el intercambio. Es
por ello lógica la presencia del lobo como oponente del héroe.
Estructuralmente el modelo de colonización del Jandulilla y de
construcción del nuevo territorio político a partir del paisaje se caracterizó
por una fórmula que no fue única en el Valle del Guadalquivir y que se baso en
cuatro elementos[15]: Un oppidum
primario, dinamizador del programa cuya condición; sería que en él la
aristocracia habría conseguido un grado significado de consolidación, una
cuenca fluvial bien definida en la que no hubiera conflicto con otras unidades
de asentamiento, es decir despoblada; un santuario dispuesto en el límite del
territorio político a definir y por último la aparición de oppida
secundarios para colonizar las tierras mas fértiles del nuevo territorio
ocupado, es decir como formula vecinal de colonización.
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[5] Según el estudio polínico realizado por Yill aun inédito.
[6] BUXO, R. Arqueología de las plantas. Ed. Critica. Barcelona 1997 y ALONSO, N. Cultivos y producción agrícola en época ibérica En Ibers. Agricultors,artesans i comerciants. III Reunió sobre Economía en el Mon Iberic. Saguntum Extra 3. Universitat de Valencia. pp. 25-46 Valencia 2000
[7] CONTRERAS, F y CAMARA J. A. Formación y fases del yacimiento en Proyecto Peñalosa Ed. F. Contreras. Arqueología Monografías nº 10. Sevilla 2000
[8] BUXO, R. Op. Cit. nota 6.
[9] BUXO, R. Op. Cit. nota 6.
[10] BUXO, R. Op. Cit. nota 6.
[11] ALONSO, N. Op. Cit.
nota 6.
[12] RODRIGUEZ-ARIZA, Mª O., AGUAYO, P. y MORENO, F. The environment in the Ronda Basin (Malága, Spain) based on an anthracological study of Old Ronda. En Societé Botanique de France, 139, Actualites botaniques (2/3/4), pp. 715-725, Paris 1992.
[13] RODRIGUEZ-ARIZA, Mª O. y RUIZ SANCHEZ, V.: Acción antrópica sobre el medio natural en el Sureste de Andalucía durante la Prehistoria Reciente y Época Romana, en Investigaciones arqueológicas en Andalucía 1985-1992 (Proyectos), Consejería de Cultura y Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, pp. 417-428, Huelva.1993
[14] MOLINOS, M. T. CHAPA, A. RUIZ, J. PEREIRA, C. RISQUEZ, A. MADRIGAL, A. ESTEBAN, V. MAYORAL, y M. LLORENTE, (1998) El Santuario Heroico del Pajarillo (Huelma, Jaén). Diputación Provincial de Jaén, Universidad de Jaén, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y Centro Andaluz de Arqueología Ibérica. Jaén
[15] RUIZ , A. M. MOLINOS, L. M. GUTIERREZ, J. P. BELLON. El modelo político de Pago en el Alto Guadalquivir (s. IV-III a.n.e.) en Territori politic i territori rural durant l’edat del Ferro a la Mediterrania Occidental. Monografies d’Ullastret nº 2 Museu d’Arqueologia de Catalunya Ullastret. 2001